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Los Lugares de la Pintura

Ariel Mlynarzewicz

Del 04 de Febrero al 01 de Marzo de 2009  - Entrada: libre y gratuita

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Inaugura miércoles 4 a las 19 hs.
Texto de Diana Wechsler - noviembre 2008 / Siempre trabajé con los pequeños intersticios de lo cotidiano. Ariel Mlynarzewicz Pintura, pasta, materia, pigmento, fuertemente expuestos sobre los planos de tela –en bastidores ortogonales o circulares, todos de diversos tamaños– se apilan en los muros del taller de Mlynarzewicz. Cada color, cada empaste y cada trazo se imponen por sí mismos haciendo presente la pintura en tanto material, pero también en tanto historia. La pintura rescata la memoria de su existencia y de su propia capacidad de representación para dar paso, en cada trabajo, a una nueva evocación de una práctica antigua que a su vez recrea. Así, Mlynarzewicz –quien se autodefine como pintor de cuadros– reedita en cada uno algo que podría definirse como el elogio de la pintura. Con una disciplina sostenida, llega cada día a su taller para desplegar, casi como un ritual, una práctica para él cotidiana –la de pintar– entendida en primera instancia como aquella capacidad para imponer materia colorida sobre un soporte plano. Pero lo sabemos: es mucho más que eso, y la actividad diaria de este artista lo pone en evidencia. Retomando la reflexión de Martín Caparrós en el catálogo de la muestra del Museo Nacional de Bellas Artes (2005), “Mlyn cree en la realidad: imagina que hay algo ahí que todavía puede captarse, que puede transformarse, que puede falsearse para que haya otra realidad, después, sobre una tela”. Efectivamente. Al parecer el impulso por pintar surge en él a partir de esta necesidad por indagar, describir, retener, aprehender, conocer y, tal vez, también comprender ciertos aspectos de lo real. Ahora bien, ¿cuáles son esos aspectos? Es aquí donde aparecen algunos de los rasgos singulares de su obra, ya que su dimensión de lo real está centrada en el entorno cercano, en los recorridos recurrentes por su propia piel y aquellos que la rozan cada día: su mujer, sus hijos, su trabajo; en suma, la vida y, con ella, también la muerte. Encerrado en su mundo mental y éste en su propio espacio vital –el taller–, Mlynarzewicz desarrolla su labor en busca de alguna de las claves de la vida, quizá de alguna de las claves de la felicidad. Es por esta razón que cuando llegué a su taller, después de un par de años de no visitarlo, fue como volver a un sitio conocido, no simplemente porque en realidad lo era, sino porque encontré allí, recreadas, escenas de la vida de un viejo amigo que se desplegaban reponiendo fragmentos de una historia por narrar. Escenas que, aunque eran nuevas –me rodeaban, en su mayor parte, pinturas del último año–, me resultaban familiares como variaciones sobre algunos temas recurrentes en él, pero también había algo desconocido. Algunas cosas habían cambiado. El espacio me parecía, en parte, ajeno. El mundo externo estaba más lejos. En los últimos años, el taller de Ariel se oscureció. Cerró sus ventanas y se alejó de la luz intensa que invadía sus habitaciones. Como entrando en un proceso de introspección, el artista se encerró en sus pensamientos y su hábitat lo reveló bloqueando sus ventanas. Sin embargo, paradójicamente, esto no alejó la luz de sus trabajos, sino que pareciera que ellos hubieran adquirido una luz propia que emerge de la paleta, iluminada por las percepciones vitales del artista. El conjunto de obras que aquí se reúnen organiza un relato visual que posiblemente cierra un ciclo en la obra de Mlynarzewicz, signado por la frase de Alejandra Pizarnik que él pintó en un rincón de su estudio: Ya no soy más que un adentro. Se trata de trabajos de los últimos años, y en ellos la dimensión cotidiana es una constante, tal como aparecía en sus obras anteriores. Sin embargo, en estas series lo cotidiano alcanza un modo más grave, melancólico, severo por momentos, intenso siempre en busca de una delimitación, la suya, de los lugares de la pintura. Rituales cotidianos. Las ideas de secuencia y repetición forman parte de la propuesta plástica de Mlynarzewicz. Si entre sus propósitos está la posibilidad de retener en la pintura aspectos de lo real, estos conceptos de secuencia (encadenamiento, continuidad) y repetición (regeneración, recreación), integrados a su vez en el de serie, se colocan en el centro de su producción dando sentido, o al menos organizando, los microrrelatos que narran estos actos que se sitúan en el núcleo más primario de la existencia. Cada una de las series que se incluyen en este tramo se despliega en una sucesión de trabajos en donde Ariel se muestra a sí mismo tratando de cumplir con alguna de las acciones cotidianas que nos enfrentan de manera básica con nuestra propia condición: mirarse, tocarse, reconocerse, lavarse, vestirse, encontrarse con ese otro que, por cotidiano, a veces es como la extensión de uno mismo… Así, en la suma de trabajos, va cobrando sentido esa curiosa secuencia de autorretratos que lo exhiben casi siempre en soledad, en espacios corrientes, íntimos, reducidos, que lo cercan y a veces resultan difíciles de identificar. Sumido silenciosamente en su interioridad, el gesto es por momentos mueca. Entre tanto, acciones tan corrientes como secarse pasan a convertirse en metáfora de una angustiante sensación: Me estoy quedando seco, pone Mlynarzewicz en el título. Una vez más se presenta en su trabajo la condición despojada de lo humano. Ya había planteado algo de esto en Me declaro imperfecto –un conjunto realizado entre 2002 y 2004–, en donde, a modo de presentación ante una sociedad productivista que todo lo tiene previsto y en donde cada uno “debe” encontrar una posición, él se declaró imperfecto, ahora seco. Pero también agobiado, ocultando su rostro en un ademán de agotamiento, en unos trabajos, y de contenida desesperación, en otros. Transita así de Lloviendo sobre mojado a Seco y llorando en una serie que exhibe la melancolía del desamparo de cada día. Mlynarzewicz se autorretrata obsesivamente y sin pudor, como lo hicieron ya otros artistas que forman parte de su espacio de referencias, de lo que él llama sus fantasmas, desde Rembrandt hasta los contemporáneos como Lucien Freud o el más cercano Carlos Alonso. Unos y otros se miran y buscan reconocerse una y otra vez, más que ante el espejo, en el ejercicio de la pintura: se pintan y en esta acción se constituyen, buscando la propia identidad en la imagen que, con fugacidad, como todas las imágenes, huye de un cuadro a otro. La ciudad Lo real es una de las metas del trabajo de Mlynarzewicz, no en términos absolutos, sino procurando capturar al menos alguna de sus múltiples dimensiones. Entre ellas, la ciudad le impone un reto diferente. El tránsito de la interioridad a la escena urbana da paso a otro tipo de tratamiento. Si muchos de sus trabajos en la intimidad se desarrollan en tamaño real (o casi), los paisajes urbanos parecen demandar de manera excluyente los grandes formatos. Ahora bien, ¿qué ciudad es la de Mlynarzewicz y cuál es el recorrido que hace de ella? La ciudad es Buenos Aires. Otra vez parecería ser que su opción está en los indicios significativos, aquellos que lo llevan a buscar la identidad de lo humano en los diminutos momentos cuando se trata de retratar aspectos de una vida. En este caso, los indicios de identidad aparecen también en los fragmentos, pero aquí la elección hace un giro, son fragmentos-monumento, ya que el objeto de sus trabajos son ciertos grandes edificios que funcionan hoy, dentro de la imaginación urbana, como hitos nostálgicos de una estética moderna destinada a alcanzar gloriosamente el futuro. La nostalgia, que aspira a la realidad de aquello que no existe, en las obras de arte se transforma en recuerdo, sentenciaba Theodor Adorno. Estos paisajes urbanos funcionan como recuerdos de una imaginación de futuro que se permitió pensar a Buenos Aires como centro capaz de competir con las grandes metrópolis del mundo. Son recuerdos nostálgicos pero febriles, vigorosos –esperanzados tal vez–, como buscando reponer con la virulencia del gesto y la pintura aquella pulsión de futuro que quedó impresa en cada una de estas fachadas, en cada uno de estos sitios emblemáticos de la ciudad. Una densa masa abigarrada de autos parece desbordar las posibilidades de la calle. Esa calle es nada menos que Corrientes, y el perno visual que la señala, el emblema de la ciudad: el Obelisco. Otra encrucijada está indicada por el Monumento de los españoles, en la avenida del Libertador y Sarmiento. Aquí los bordes del entorno desaparecen para mostrar las formas del monumento en expansión, dando con los brochazos un carácter cinético a esta representación de la república triunfal. Los otros tres paisajes –el palacio de Correos y Comunicaciones, el de las Aguas y el de los Tribunales– resultan más inquietantes. Como si en cada uno de ellos estuviera concentrada la imagen de una promesa en tensión con la frustración de su incumplimiento, la solidez de estas majestuosas arquitecturas se desvanece en las alteraciones perspécticas, la inestabilidad de los suelos, el desencuentro de los ángulos rectos –en especial en los Tribunales– que convierten la seguridad de esa estructura en la imagen quebrada, inestable, de una maqueta que no resultó. Es ésta la ciudad de las presencias, por momentos fantasmales, del pasado revelado en los palacios de la sociedad burguesa, republicana, moderna. La ciudad de Mlynarzewicz es entonces doble, recoge el brillo de aquellas representaciones esperanzadas del pasado y a la vez exhibe su aspecto contemporáneo –atravesado por la experiencia social–, provocando así esta mirada entre nostálgica y crítica sobre el común espacio cotidiano. El taller Mi taller es el sitio que elijo para estar. Es donde me gusta estar en los momentos más felices y en los más tristes. A.M., 2007 El taller es su lugar en el mundo. Es allí donde ensaya las distintas formas con las que recorre una y otra vez los cuerpos, las texturas, las miradas, los gestos. Es en ese sitio donde la pintura ocurre y es allí también donde transitan los dilemas del artista. En este lugar se enfrenta con los materiales para encontrarlos unas veces amigables, otras hostiles, aunque seguramente siempre necesarios. Es también éste el lugar de los encuentros. En el taller recibo muchas visitas. Entre los fantasmas me visitan Rembrandt, Spilimbergo, Policastro, Victorica… visitas que a veces son inesperadas y se presentan sin tocar el timbre, recuerda en una entrevista reciente. Ellos –y varios más– llegan sin llamar. Otros, en cambio, hacen visitas más formales y hasta se convierten en modelos ocasionales. Juan Doffo, por ejemplo, será el protagonista de la suite integrada por El caballete blanco y Pintar como se reza, piezas que exponen dos de los lugares de esta singular actividad: la esforzada dedicación y la sacralidad de la labor. Entre tanto, Fabián Casas y Washington Cucurto encarnan una lúdica serie: Dos poetas. Como completando un ciclo de alegorías actualizadas de las artes, la música aparece en el tondo de JD: Drexler, el músico, concentrado buscando sonidos en el borde de una copa. También asisten al taller otros amigos, los Compañeros de trabajo, que con desenfado, como figuras báquicas, posan –o no tanto– recostados unos sobre otros. De esta forma la tradición de la cultura occidental se revisita en los temas que se filtran en su trabajo, alegorías sin musas, bacanales sin bosques ni racimos, sólo con la exuberancia de la materia, la línea segura y el color. Como pintor reivindica el oficio, el ejercicio de la pintura desde un quehacer esforzado y placentero a la vez, cotidiano, que se suma a las demás labores y a cada uno de los roles que diariamente está obligado a desempeñar: el de padre, el de esposo, hijo, amigo, hermano, discípulo, maestro, ciudadano. Es a partir del encuentro de estas distintas posiciones sociales como se constituye su mirada. Porque, recordemos otra de las frases pintadas sobre la pared de su taller, pintar es entrar en la proximidad de la distancia, una proximidad que se achica y moldea desde una perspectiva peculiar. El taller, además de sus fantasmas alberga algo así como un pequeño altar, un sagrario más bien, ya que aloja sus reliquias. Sobre una mesa informal y desbordando en el suelo, se apilan centenares de restos fósiles, del tipo de fósil que sólo se puede hallar en estos singulares escenarios. Cientos de pomos de pintura terminados, estrujados, retorcidos, estrangulados, resecos, se suman en extraño amasijo. Hacen presentes con su volumen el tiempo transcurrido, la cantidad de obras realizadas, la pasión y la desazón vividas. Son testigos de la felicidad y del dolor. Asisten al artista como un talismán-trinchera capaz de completar la sensación de que estar en el taller es estar en un lugar seguro, garantizado por la memoria de la labor que esta estratigrafía pictórica representa. Allí, junto a este sitio arqueológico, el caballete espera desnudo. Como en Casiopea, desnudos los tres: caballete, artista y modelo. Casiopea, una constelación que orienta al navegante. Elabora aquí una nueva versión de ella relocalizándola en el taller. Las estrellas que en el cielo describen una “M” y sirven para ubicar el Norte cuando la Osa Mayor no está visible, en el taller señalan también un camino, despojado y sereno, que orienta hacia la concreción de la obra y con ella la presencia de otra “M”, indicio del nombre del autor. Entre tanto, en el taller la modelo –ésta y muchas más– será fruto de indagación constante, reiterándose como ejercicio inagotable una y otra vez en distintos tamaños, formatos e intensidades expresivas. Las telas en blanco, los libros, los proyectos, las modelos, los amigos, todos se encuentran en el taller, lugar de trabajo y exploración que revela a través de su presencia el sentido mágico y necesario que el artista le otorga. Es allí donde se captura lo real, allí donde se realiza la obra. La vida y la muerte Porque sitúa su mirada en los intersticios de lo cotidiano, porque la repetición es inherente a la vida y porque también se hace presente en la muerte, la obra de Mlynarzewicz registra con esmero y pasión todos aquellos diminutos instantes que forman parte de la mínima historia de una vida. Con un gesto fuertemente autobiográfico retiene en sus trabajos momentos familiares o personales que se revelan en soledad o en la compañía de los otros, pero que son siempre íntimos y, en tanto eso, singulares. Así, por ejemplo, en Pila de amigos, una especie de abrazo-juego colectivo que no necesita del color para revelar su calidez. Una a una va sumando microescenas: el momento de reposo, el de la introspección, el de la intimidad de la lectura silenciosa, o del recogimiento y la concentración de un niño que juega con su mascota, o bebe un vaso de agua, o ensaya alguna pirueta, el estar juntos. El punto de vista es siempre el mismo: cercano, próximo, vigilante. No deja casi lugar al espacio, sólo el necesario para la acción, pero dentro de los límites de una mirada siempre presente, la suya, que controla, advierte, observa y se sorprende a la vez ante este horizonte de experiencias al que se ve expuesto cada día. Cada minuto es tratado con atención, ternura y una conmovedora humanidad. La serie de los abrazos expone estas dimensiones confesando la inmensidad de cada diminuto instante. Porque un abrazo es como un cuadro. No necesita traductor. Toda explicación es vacua. Creo en el abrazo como fuente de encuentro intenso, único, anhelado, mezcla de dos aguas para formar un pedacito de río. A.M., 2006 Mlynarzewicz enredado en este mundo de representaciones, buscando desentrañar la proximidad de lo distante, desarrolla una mirada certera, sagaz, minuciosa, situándose en una dimensión instantánea desde la cual procura retener la fugacidad de aquellas acciones aparentemente intrascendentes. Penetra en los abrazos, interpreta los gestos, reconoce las acciones, asiste a los silencios, advierte las ausencias, poblando de imágenes sólidamente planteadas un espacio que habitualmente asiste a su caducidad, a su desmaterialización. Como ha afirmado Lucien Freud sobre su propio trabajo: todo es autobiográfico y todo es un retrato, incluso si se trata de una silla. Entre tanto, Ariel sostiene enfáticamente: yo soy autobiográfico, pinto lo que vivo. Uno y otro hablan de su modo de pintar, con lo que aluden a su vez a sus modos de poseer sus respectivos entornos: potente, posesivo y por momentos desbordante. La seducción de la materia aparece en cada uno de sus trabajos, inclusive en aquellos que, como la serie La agonía de mi padre (2006-2008), tratan de aprehender el abismo de la muerte. Buscando aproximarse a esa lejanía, dibuja incansablemente junto al lecho de su padre que agoniza procurando, una vez más, retener cada minuto hasta el fin. Cuando éste llega sobrevienen la angustia y el duelo. Mi padre ha muerto, pinta con fecha y hora. A continuación, como ensayando un ritual en busca de mitigar el dolor, lleva a la tela varias veces las escenas registradas durante la agonía. Sin embargo, ni la saturación de la materia, ni la sensualidad del color bastan para hacer presente la ausencia. Finalmente el rito se extingue cuando el dolor se va alejando, y con él, como testigo de la tristeza, esta profusa serie que expone los pasos previos a la muerte. Como en el trabajo diario, como en la vida, los ciclos se repiten una y otra vez en la obra de Mlynarzewicz. También se retoma la tradición de la pintura occidental moderna que es su maestra y a todas luces su referente más fuerte. Los libros que se filtran en su taller lo demuestran. Sus investigaciones y diálogos con los maestros del pasado lo confirman. Un exhibicionismo plástico de colores, empastes, gestos de pinceles de distintos grosores y espátulas especialmente elegidas, más la invasión de la mano cuando estos útiles no bastan, dan una poderosa materialidad a las obras que, buscando situarse en la fugacidad del instante, adquieren intensidad y se prolongan en el tiempo con las horas de trabajo que sobre cada una de ellas pesa. Lo dijimos: Mlynarzewicz vuelve una y otra vez a los mismos motivos como tratando de encontrar y retener de algún modo la trascendencia de estos pequeños momentos. Insistentemente retoma las escenas cotidianas e intenta replicar en un extendido tiempo plástico los hechos que rápida y recurrentemente se repiten en tiempo real. Cada obra incluye una historia, su historia, en dos sentidos. Por un lado, el de lo representado, que pone en serie un trabajo con el otro describiendo minuciosamente la sencillez de las historias mínimas del día a día. Por otro, el sentido de lo que la materialidad de la obra exhibe impúdicamente: el esforzado trabajo por la conquista de la forma, el de la lucha con la rebeldía de los materiales, en fin, el de la conquista de una identidad. Quedan así planteados los que son para él los lugares de la pintura, tanto en cada una de sus obras como en la reivindicación que hace de una antigua práctica que recoge, revisa, mima y aporrea para darle su propia forma. Texto de Claudio Patricio Massetti -Director General del Centro Cultural Recoleta / El Centro Cultural Recoleta se complace en presentar la exhibición de Ariel Mlynarzewicz, un artista singular que más allá de modas y tendencias, mantiene desde hace años su compromiso con la pintura. Discípulo de Carlos Alonso, sus trabajos transmiten la pasión por el hacer, algo que no es frecuente en el arte actual. Alejado de las tendencias de modas y con una actitud introspectiva, el artista mantiene viva la tradición expresionista en sus trazos gestuales de colorido exacerbado. A partir de los temas que cotidianamente circulan por su vida, Mlynarzewicz va plasmando en la tela sus emociones privadas, como los retratos de los miembros de su núcleo familiar. Damos entonces la bienvenida a este artista del cual se percibe que, en última instancia, los temas son excusas para ejercer el placer inefable de pintar todos los días. Texto de Elio Kapszuk -Asesor de Programación de Dirección General / Dentro de las artes visuales existen una variedad de herramientas y materiales disponibles para la realización de una obra. Si bien hay algunas que son tradicionales y otras que se fueron incorporando a partir de su creación o adaptación al medio artístico, de ningún modo uno debería caer en la tentación de creer que solamente la técnica-lenguaje utilizado por un artista determinan su contemporaneidad. En términos conceptuales, una obra digital podría no representar el momento en que fue hecha, mientras que la tradición milenaria de la pintura podría dar lugar a una obra intensamente actual, como es el caso de la muestra que nos convoca, Los lugares de la pintura. La valorización de la pintura como lenguaje visceral, que adoptó Ariel Mlynarzewicz desde siempre es la identidad fundante de su obra. Sin embargo, él se convierte en verdadero testigo de su tiempo cuando recrea su entorno desde su mirada particular. Su familia y la vida en el taller son dos temas recurrentes en él, algo así como un álbum pictórico, reflejo de su existencia. Sus obras son marcas testimoniales, una especie de memorabilia de encuentros. Su intención es hacer trascender más allá del tiempo determinados momentos efímeros. No se tratan de réplicas exactas sino de la visión antojadiza del artista que sabe que tiene en sus manos el mejor photoshop de la realidad. Son recuerdos a imagen y semejanza de él. Su visión y el increíble manejo que posee de la técnica logra que su pintura promueva una verdadera gama de sentidos. La humanización del óleo que logra Ariel está presente aunque se trate de paisajes o imágenes de edificios emblemáticos. Con todos los conocimientos sobre las posibilidades del color, el artista le incorpora una sutil marca de contemporaneidad, al estilo de los resaltadores que se usan para remarcar un texto, utilizan pinceladas que nos orientan de forma demagógica y certera nuestra mirada. Es una señalética por sus propias vivencias. La muestra de Ariel Mlynarzewicz en la sala Cronopios es parte de una propuesta global de la Dirección del Centro Cultural Recoleta que tiene como uno de sus objetivos dar cuenta de la diversidad de miradas y propuestas de los artistas de nuestro país. La seducción desplegada por Mlynarzewicz en sus telas invita a conocer sus relatos de la vida cotidiana.

ARTISTAS PARTICIPANTES

 
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