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Levedad

Beatriz Pagés

Del 25 de Marzo al 18 de Abril de 2010  - Entrada: libre y gratuita

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Gacetilla / Una selección de pinturas y dibujos recientes, realizados en técnicas mixtas sobre papel de lienzo y papel de arroz chino. La artista, destacada dibujate y exquisita colorista, posee un lenguaje inspirado en su investigación de la caligrafía oriental utilizada para dar forma a un estilo personal, sutil, ceremonioso pero conceptualmente libre. Pagés vivió en varios países, especialmente en Alemania, donde llegó becada por el Gobierno Alemán con la beca DAAD (Servicio de Intercambio Académico Aleman). Realizó sus estudios de posgraduación en Munich y Hamburgo. Durante su trabajo en Alemania recibió la influencia directa en su concepción posmoderna de artistas tales como Sigmar Penck, Paula Rego, Elvira Bach, Cindy Sherman, Niki de Saint Phalle y Karl Dahmen. Beatriz Pagés ocupa un lugar destacado en el arte alemán contemporaneo, su obra ha sido expuesta en los principales museos de ese pais, tales como el Kunsthaus de Hamburgo y Museo Etnologico de Hamburgo, museo donde dicto clases de artes plasticas entre 2000 y 2004. En esta ciudad residio los ultimos 14 años. Ahora ha decidido volver a vivir en Argentina, con su familia y los amigos de siempre, y tenemos la oportunidad de poder apreciar la obra de una artista, hija de otro gran artista Mariano Pagés, extraordinario escultor argentino. La obra de Pagés ha sido expuesta en el Museo de Arte Contemporáneo y Museo de la Imagen y el Sonido de San Pablo, Museo de Arte Moderno de Rio de Janeiro, Museo de Arte Moderno de Bogotá, Proyecto Buenos Aires-Berlin, Berlin, Alemania y Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires. Texto de Miguel Ángel Rodríguez / Amarillo, azul o turquesa son, probablemente, vibraciones cuya hondura y extensión permanecen ignotos para la gran mayoría. Quienes indagan la elasticidad de estos colores descubren el invisible y delicado desplazamiento de lo exuberante y lo barroco, de lo mínimo y lo desnudo, de sí mismos y del todo. Proveniente de una familia frecuentada por gente de la cultura, como Mercedes Sosa, Santiago Cogorno y Carlos Alonso, la artista Beatriz Pagés se introduce en esas vibras imperecederas propias de cada uno y de cada cual. Plantas, animales y humanos las conocen. Son oscilaciones tan antiguas como el respiro o la muerte. Están en nosotros y en las piedras. Están. Como la música y el encanto. Como el lirismo y el vuelo.

La obra de Beatriz Pagés nos conduce a través de planos que comunican el silencio existente en la suspensión del color. Los dibujos, absolutamente despojados, sumergen la mirada en ámbitos que la imaginación sospecha inconmensurables. Sus esculturas captan las finas comuniones entre armonía y fluidez, al tiempo que permiten escrutar todos los elementos que el pensamiento ancestral pergeñara. Las pinturas inquieren purezas y ondulaciones únicas: comprobamos entonces que ella accede a sapiencias -sobre el plomo o el cadmio, por ejemplo- que enlazan la paciencia de la investigación con el ensimismamiento del ritual. Y hay otros saberes, como los de la tinta, que trasmiten la impostergable praxis de una intimidad urgente y relajada. Al visualizar estas obras sobrevienen rumores sobre la existencia de ocultos tratados de jesuitas, chamanes y cabalistas que sostienen cuidadosamente la posibilidad de la levitación. Y pienso. Pienso en la levitación pictórica, en esa elevación poética que se adueña de las manos de quien dibuja unas líneas sinuosas y frágiles que orbitan lo desorbitado y aman lo desamado. Se trata de un nuevo culto a la belleza: una impalpable fidelidad al vuelo. Esas manos -y ese mirar que valora el enfoque, pero también el riesgo estético del desenfoque- replantean la inextinguible flotación que planea sobre la uniformidad inicial del soporte. La tinta configura formas que sutilmente explanan composiciones primarias y se orquestan síntesis lineales que hurgan con cuidado en la porosidad de líneas completamente etéreas. Ese saber no lineal que postula la línea de Pagés nos traslada por senderos emparentados a la sensibilidad que cuestiona las certezas y pondera las experiencias de lo incierto. Nada parece estable. Sin embargo, toda esta exquisitez visual nos habla de la intemporalidad de lo absoluto. Es así que un dilema se manifiesta: o la finitud tangible guía a la infinitud intangible, o lo aquí expuesto nos describe el umbral de un interior inconexo respecto del todo. O ambas cosas. Esto último, vale decir la convivencia entre mismidad y cosmos, puede bien ser la quintaesencia presente. Tal convivencia es tan equilibrada como desequilibrada, y constituye la deslumbrante tensión que potencia toda la obra de Beatriz Pagés. Tensión entre tinta y papel, entre primeros planos de levitación absoluta y alucinados fondos rebosantes de tupida disipación; tensión, finalmente, entre delicadas figuras apenas esbozadas y complejos tramados tonales, sólo asequibles por quien ha danzado junto a los colores de la luna. Las pinturas empleadas -tanto los verdes acuosos como los rojos acrisolados- prolongan el éxtasis propuesto por unas atmósferas pigmentarias ya abiertas a grises luciferinos, blancos cansinos y negros intransigentes. Son variaciones con temperatura; combinaciones sobre las cuales se desplazan grafismos y anotaciones que urden complejidades de morfología ligera, pero honda, suspendida. Esos climas propicios a la meditación exudan sustancias neumáticas que introducen la gracia de las curvas en blandos recipientes de materia disuelta. “Contemplar” emerge como el verbo adecuado. Contemplar la levitación de la luz, las composiciones introspectivas y los polícromos giros de las formas orgánicas. La rigurosa austeridad en el papel, así como la profusa explosión de los lienzos, permite intuir los pliegos secretos que todo tiene si se mira bien. Comprendemos entonces tanto los inquebrantables segmentos del espacio como los frágiles devaneos de lo sensible, comprendemos la levitación, que no es otra cosa que transitar el amor al desprendimiento.

ARTISTAS PARTICIPANTES

 
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