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Corotto - Una visión hechizada

Carlos Corotto

Del 17 de Abril al 16 de Mayo de 2010  - Entrada: contribución $ 5.-

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Inaugura sábado 17 a las 13 hs.
Texto de J. M. Taverna Irigoyen - Miembro de Número de la Academia Nacional de Bellas Artes. Miembro de las Asociaciones Argentina e Internacional de Críticos de Arte / El realismo mágico juega en la obra de Carlos Corotto un papel decisivo. Bajo su óptica, el paisaje deviene a escenario: como si allí algo hubiera pasado o está por suceder. No hay personajes -nunca una figura humana que contribuya a quebrar el sortilegio- y sin embargo, se auscultan presencias, se siente el aire de aconteceres secretos. Historias de vida. Es extraño y a la vez lógico que esto suceda en una pintura trabajada muy desde adentro, con síncopas y latidos que no son sólo los matéricos y los cromáticos. En la obra de Corotto se ausculta una energía casi mineral, que alimenta el paisaje, sus construcciones suburbanas, el tiempo de un árbol o de un carruaje abandonado. Nada es circunstancial en ella; y sin embargo, todo aparece como el resultado de una imagen idealizada. Quizá soñada. O aún inventada por los sentidos. Al respecto, Basilio Uribe habla de la realidad hechizada para referirse al quehacer del artista. Y ello está muy claramente enfocado en la sumatoria de realidad más hechizo. Toda una fórmula sensorial y sensitiva para que la expresión desate nudos. Corotto elabora un paisaje en el que un sencillismo fresco, sin artilugios, estructura el misterio. La trascendencia de ese misterio. Una pared muy blanca. La secuencia de unos troncos, casi sin copas. Muros silentes. Una puerta que conduce a un interior impenetrable. Ranchos habitados por la soledad. Espacios y lejanías sin descifrar...Algunos de esos paisajes pertenecen al noroeste argentino -La Rioja, Santiago del Estero- donde el tiempo pareciera haberse detenido. En esas formas, en esos despliegues apenas sugeridos de los planos, Corotto acentúa las luces y redimensiona unas pocas sombras, como si quisiera que su paisaje adquiriera propia temperatura, huella digital inconfundible. Jamás gamas saturadas. Siempre colores atemperados, timbrados sutilmente como si deseara que cada forma, en lugar de imponerse, fuera penetrando por persuasión en la mirada. Pigmento a pigmento. Precisamente, en la magnífica Colección Deambroggio que integra este homenaje (¿o redescubrimiento?) que se exhibe en el Museo Municipal Quinquela Martín, se pueden valorar trabajos que sobresalen por este espíritu de depuración en la factura. Obras como Portón riojano (1970), Adobe rosado (1971), Cocina y monte (1986) y sobre todo Almacén de Santiago del Estero (1974), marcan la temperamentalidad de su labor, el fuerte sentido intemporal que logra insuflar a cada tela, a todo espacio sugerido. No cabe duda que Carlos Corotto, dentro de la pintura nacional, ocupa un lugar de indiscutible gravitación. Que adquirirá en su debido momento toda la importancia que le corresponde. Hay que dejar que el tiempo y la agudeza valorativa de los hombres, hagan lo propio. La obra está. Y esta muestra así lo testimonia noblemente.

ARTISTAS PARTICIPANTES

 
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