buscar

Suipacha 1217 [mapa]
Lun a Vie de 12 a 20 hs.

No hay muestra

Arte 60

Participan en Arte 60

Del 10 de Septiembre al 10 de Noviembre de 2008  - Entrada: libre y gratuita

imagenes
 
 
 

Inaugura miércoles 10 a las 19 hs.
Gacetilla / Obras de cuatro tendencias fundantes de la renovación artística de los años sesenta: el informalismo, la abstracción libre, la geometría y el pop. Arte 60 es una selección de las pinturas, esculturas y objetos de la galería Angel Guido Art Project, y se propone homenajear al Di Tella en el cincuenta aniversario de su fundación. Arte 60 está curada por María José Herrera, prestigiosa curadora de arte argentino, y se acompaña de un catálogo que reproduce las obras expuestas y su diseño se inspira en la gráfica de los años sesenta.
Texto:María José Herrera, curadora de la muestra. Arte60: la era del disenso La paradoja entre la aceptación y el disenso explica en buena medida el origen de cierta narrativa sobre el arte en los años sesenta. Así lo cree Thomas Crow (1) cuando plantea las circunstancias del campo artístico estadounidense ante la explosión de un nuevo arte provocador que, sin embargo, logra un mercado inmediatamente. También la desazón del público frente a ese nuevo y exitoso arte, habla del contrasentido del fenómeno de la vanguardia. Crecimiento y optimismo en un universo imperfecto marcado por dramáticos conflictos civiles y militares. La perspectiva de Crow se devela también eficaz para una narración de los años sesenta en la Argentina: una década signada por el éxito y el fracaso de un proyecto económico-político. La modernización de la industria, el ascenso de la clase media, la apertura internacional, la libertad y el nuevo impulso cultural, el Golpe militar de 1966 y la censura, el Cordobazo y el descontento estudiantil y sindical, adentro. Afuera: la Revolución cubana, la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles, el Mayo francés…Todo esto ocurrió, y muchas cosas más, que dejaron su impronta en los modos de entender a la sociedad y al arte. En tanto, en Buenos Aires, se vivía también un proceso de crecimiento. Los artistas de vanguardia desafiaban con un arte que se deshacía de la tradición y aspiraba a ser disfrutado por todos. Muchas veces no alcanzaron su objetivo y se desataron las polémicas. No obstante, los años sesenta fueron de gloria para el arte y su mercado: existía un proyecto de modernización institucional. En este sentido, uno de los protagonistas ineludibles fue el Instituto Torcuato Di Tella. Hoy, a cincuenta años de su creación, sus luces y sombras han sido críticamente estudiadas y sus paradojas también planteadas. No obstante, existe consenso acerca de la importancia y alcance de su proyecto. En particular cuando lo vemos seguir actuando sobre el presente. En efecto, muchas de las tendencias y artistas que pasaron por los centros de artes de la calle Florida son en la actualidad los más representativos del arte contemporáneo argentino. La interdisciplinaridad, el sponsoring corporativo y la promoción internacional, tuvieron en el Di Tella un referente para la acción eficaz en la gestión de la cultura. Arte60 exhibe cuatro tendencias del arte de la década en las colecciones de la galería Ángel Guido Art Project: la abstracción libre, el informalismo, la neoabstracción y el pop. Vectores del arte que fueron presentados, consagrados o premiados en los centros del ITDT durante los polémicos y aún recordados años de su existencia. .......................................................................................................................................................... (1) Thomas Crow, The rise of the sixties. American and European Art in the Era of Dissent, New York, Harry N. Abrams ublishers, 1996. LA ABSTRACCIÓN A fines de los años 50, el arte abstracto ya había librado varias batallas. La más reciente, la del arte concreto, se estaba convirtiendo en un estilo de la modernidad que se extendía al diseño y al entorno industrial. Desde entonces, la abstracción, había desafiado a un público tradicional, habituado a la existencia de una narración. Pero aún no habían llegado al punto de jaquear al buen gusto como lo haría poco después el Informalismo. Contra la buena forma del movimiento moderno, los artistas informalistas opusieron la mancha, el chorreado, el brochazo de materia pura o de desechos convertidos en la antimateria pictórica. Una parte de las intenciones del informalismo venía informada por la renovada vigencia del surrealismo. En 1956, Max Ernst había sido el artista homenajeado de la Bienal de Venecia. Ya en 1952, el crítico Aldo Pellegrini –también poeta surrealista- reunió a los artistas otrora ligados a la Asociación Arte Concreto-Invención (Maldonado, Hlito, Prati, Iommi, Girola) y a otro grupo de independientes (José Antonio Fernández Muro, Sarah Grilo, Miguel Ocampo y Hans Aebi) bajo el nombre de Artistas Modernos de la Argentina. En esta denominación de modernos estaban contenidas distintas visiones de la abstracción que habían superado el militantismo geométrico del arte concreto. Una abstracción libre nacía del abandono de la ortodoxia, el trazado a mano alzada y las gamas subjetivas. En 1957, también Pellegrini reunió a un grupo heterogéneo cuyo denominador común era la abstracción libre: Siete pintores abstractos (Rómulo Macció, Clorindo Testa, Josefina Robirosa, Kasuya Sakai, Marta Peluffo, Osvaldo Borda y Víctor Chab). Un año después, el poeta Julio Llinás organizó el grupo Boa-paráfrasis de COBRA-filial argentina del movimiento internacional Phases, fundado en París por el también poeta Edouard Jaguer. Éste se propuso aglutinar a los artistas de distintas poéticas resultantes del encuentro entre el surrealismo y la abstracción lírica. Viva la pintura de lo imaginario!, sostenía Jaguer adhiriendo a los principios de libertad, humor y poesía, bases del movimiento surrealista. En 1959 se presentó el Movimiento Informalista, integrado por Kenneth Kemble, Alberto Greco, Enrique Barilari, Olga López, Fernando Maza, Mario Pucciarelli, Towas, Luis Wells, y el fotógrafo Jorge Roiger. La experiencia informalista no fue muy extensa pero, bajo la fuerza de su “radicalidad antiesteticista” (2), tomaron forma varias tendencias posteriores. El informalismo abrió las puertas hacia una experimentación con los materiales que prescindía de los principios de la forma. De allí su libertad de afirmación de la materia y el cuerpo involucrado en su manejo. El collage, fue el método para irrumpir con materiales ajenos a la tradición de la pintura y alejarse de la representación. No obstante, “los fenómenos físicos expresan los estados anímicos”, señalaba Mario Pucciarelli, ganador del Primer Premio Nacional de la primera edición del Premio Di Tella, en 1960. “Por dentro estamos a veces carcomidos, otras destrozados; ciertos días somos azules; otros grises; tanto el color como la forma pueden expresar nuestra intimidad” (3). La ausencia del hombre seguramente inquietaba al público de aquella época. Más aún cuando su presencia se implicaba por los signos de la acción sobre una materia degradada, bastarda, de precaria existencia. Precisamente, la neofiguración, movimiento inmediatamente posterior, buscó volver a la imagen del hombre por medio de una figuración que sacase provecho de las cualidades plásticas y expresivas de la abstracción informalista. En el contexto internacional de la segunda mitad del siglo XX, el existencialismo nutrió tanto a los informalistas como a los neofigurativos en la búsqueda de esa imagen que respondiese a las fracturas dejadas por la guerra. Muchos artistas, aún brevemente, adhirieron a la poética informalista. Las primeras apariciones públicas de artistas como Antonio Seguí, Dalila Puzzovio, y Rogelio Polesello fueron con obras gestuales y matéricas. Junto al informalismo y sus derivaciones convivieron otras manifestaciones abstractas de una geometría caracterizada por el análisis de los mecanismos de la percepción visual. En 1958 se presentó en el Museo Nacional de Bellas Artes una exposición del artista óptico-cinético Víctor Vassarely. La influencia de esta muestra en el ambiente porteño de entonces fue notable. Por su parte, en París, el artista argentino Julio Le Parc fundaba junto a pares europeos, el Groupe de Recherche de Art Visuel, resignificando las búsquedas de Vassarely. En Buenos Aires, nace el Arte generativo de Eduardo McEntyre y Miguel Ángel Vidal presentado en la Galería Peuser en 1960, y la práctica independiente de artistas como Manuel Espinosa y Carlos Silva, entre otros. El arte óptico fue una de las vías del concepto de participación propio de la década del sesenta. El movimiento virtual, sugerido por esquemas inestables de figura-fondo, tramas lineales yuxtapuestas y otros efectos visuales, intrigaba desde las telas y las máquinas. “El ojo responde”, “el ojo piensa”, decían estas experiencias en consonancia con los estudio de la psicología de la percepción y la semiótica. Ambas aproximaciones evidenciaban la colaboración interpretativa que todo individuo practica al contemplar una obra. De hecho, el contemplador fue jaqueado para convertirse en un participante tanto por el ejercicio de sus capacidades perceptivas –arte óptico y cinético- como al ser impulsado a jugar, a vivir las experiencias estéticas diferentes que ofrecían los happenings y las ambientaciones. .......................................................................................................................................................... (2) Así lo denomina Jorge López Anaya en su libro, Informalismo. La vanguardia informalista. Buenos Aires 1957-1965, Buenos Aires, Ediciones Alberto Sendrós, 2003. (3) Mario Pucciarelli, “Arte Informalista”, 1961. En: Pucciarelli, Patricia Rizzo Editora, Buenos Aires, 2005, p. 104. EL POP “El arte es para todos”, querían los años sesenta en el clima optimista de la primera mitad de la década. Un optimismo basado en la expansión económica, el acelerado crecimiento de la clase media y unas nuevas condiciones que favorecían el contacto con los modos de vida de un modernismo internacional. En este sentido, los medios masivos de comunicación jugaron un poderoso rol. La radio y los diarios desde antaño, la televisión con el en vivo y directo expandiendo exponencialmente su poder de difusión, y las revistas de actualidad, generando percepciones de la realidad, creando modas, difundiendo costumbres, marcando tendencias de consumo cultural. Hacia 1966, se consagró una tendencia que se expresó a través del cruce de distintas poéticas: el arte pop, el pop argentino. Si el pop internacional reflejaba las condiciones globalizadas del mundo contemporáneo, lo cierto es que cada cultura popular urbana tenía sus íconos y tabúes particulares. En nuestro medio, objetos y ambientaciones de la época hablaban del deseo de la liberación sexual. Por entonces, la identidad de género parecía desdibujarse. Asomaba con timidez una estética gay que endiosaba el hedonismo, la sofisticación, lo artificial y el gusto culto por lo cursi, como se denominó entre nosotros al kitsch. La pequeña anécdota cobra la importancia de un gran tema. Los artistas se mostraban como estrellas de consumo masivo y lo cotidiano, paródicamente, se convertía en épico. La moda y la decoración, tradicionalmente artes aplicadas, fueron vistas como experiencias vitales que comunicaban tanto o más que el arte. Fueron life-style, proponían una imagen del mundo contemporáneo. Una estética surgida de la publicidad y el consumo, de las subculturas y de la historieta, invadió el arte del momento. Con desafiante irreverencia muchos artistas se ríen de la identidad colectiva simbolizada en la bandera nacional, para enarbolar otra bandera sin fronteras, el blue jean y el unisex. La juventud reina y con ella la aceleración de la aventura. El arte psicodélico propuso la liberación de la conciencia para una creatividad sin restricciones. La imagen producida por las percepciones alteradas se traspasó también a la publicidad. Nuevos materiales como el plástico y el acrílico se convirtieron en sinónimo de modernidad. Se usaron también masivamente para el arte y el diseño. El poster, pieza gráfica de circulación masiva, comunicaba y ambientaba los hogares de una clase media ávida de novedades. La ambientación, la instalación y el uso de medios combinados nacieron de la experimentación de aquellos años. RETROSPECTIVA La segunda mitad de la década trajo una verdadera ola de cuestionamientos y posiciones enfrentadas entre los propios artistas y también con las instituciones. La situación política luego del golpe de estado de 1966, incrementó su tensión y el descontento se manifestó en todos los ámbitos, también el cultural. La validez de la vanguardia, su verdadera incidencia social, fueron temas que llevaron a una completa reconfiguración del campo artístico. Algo estaba llegando a su fin… Pero aún así, la experimentación, verdadero paradigma de la época no cesó hasta entrada la década del setenta. La provocación del gesto anticonformista o libertario; la interdisciplinaridad del arte en que moda, diseño, plástica, poesía y publicidad confluyeron, son atributos de los 60s cuya pervivencia resignificada se verifica en el arte actual. Esta es, sin dudas, parte de la herencia de la era del disenso. Hacia 1970, los centros de arte del ITDT se cerraron en la calle Florida. Se cerraron al público, se abrieron a la historia y al mito. Al mito como lo entendía Roland Barthes: a un estado oral de la realidad que, como tal, se encuentra abierto a la apropiación de la sociedad. María José Herrera

ARTISTAS PARTICIPANTES

 
ars omnibus auspician Buenos Aires Gobierno de la ciudad Ley de mecenazgo Itau Cultural Satelital Artebus