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Carlos Scannapieco

Del 16 de Noviembre al 30 de Diciembre de 2010 - Inaugura: 19hs  - Entrada: libre y gratuita

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De buena madera.
 
El más antiguo registro de la voluntad expresiva del hombre fue testimoniado en las huellas de manos impresas sobre la piedra, cuya naturaleza mágica, invocatoria, es conjetura usual de la antropología. Petroglifos, pinturas rupestres, frottages, proliferan en Altamira, Lascaux, China, Australia, Salta o la Patagonia. Son todas formas del grabado devenido en vehículo de lenguajes diversos, todos comunicativos.
 
Caracteres fijos de las primeras tipografías que Gutenberg agilizó; cauce de certezas y pedagogías religiosas, científicas, literarias o políticas, míticas cultas o populares, como la literatura de cordel. En todos ellos confluye - material y conceptualmente- la xilografía.
 
Y no es dato baladí que sea sobre la fibra de madera donde se opera tan varia milagrería.
 
Del árbol - adorado por griegos, celtas, druidas- proviene la cuna, la tabla del convivio, el tálamo, la cruz y la morada final. Todos motivos para dar privilegio a la ancestral xilografía que, al mismo tiempo, fue campo propicio a las vanguardias estéticas del siglo XX.
 
Carlos Scannapieco sabe de éstas y otras vividurías –remotas y próximas- siempre vigentes y por siempre prójimas. Su producción artística abarca la monotipia y la incisión sobre metal, pero lo preferimos sobre la fibra primigenia, la buena madera que lo define, escuetamente, en blanco y negro de tintas y papeles - otra fibra – que al decir de Rafael Alberti –poeta español – es la verdadera, buena y soberana vida.
 
Con tan sencillos elementos Scannapieco testimonia su búsqueda personal.
 
Eduardo Baliari, en 1967, daba fe de que en el grabado, sobre todo, se templaba la vocación de renunciamiento a éxitos fáciles, y enrolaba a Scannapieco, de 27 años, en las huestes de jóvenes voluntariamente uncidos a la disciplina del esfuerzo ininterrumpido, a la honestidad del estudio y la disciplina. El acierto del crítico, casi a medio siglo de enunciado, sigue vigente.
 
Hoy Carlos Scannapieco memora los cincuenta años de su primera muestra individual en Buenos Aires. La siguieron otras aquí y en el extranjero, con reconocimientos, distinciones y premios que abundan en su curriculum vitae… Ahora nos ofrece un compendio ajustado y significativo de los núcleos desarrollados.
 
En los inicios privó el imperativo abstracto, derivado de la seducción y enseñanza de la Bauhaus. Buena disciplina para reconocer la naturaleza de la forma, su comportamiento en secuencias y tramas, inversiones, cambios de orientación rítmica y melódica; contrastes de forma, ambigüedad de la figura-fondo. Al mismo tiempo aprendió las exigencias de la estampación, del entintado y registro preciso, el comportamiento del papel con las siguientes consideraciones del gramaje y la humectación necesaria, demandada por la imagen. Y la atención prestada a las rebarbas respetadas o anuladas, celo cumplido desde la prueba de artista hasta cada una de las estampas que componen la tirada.
 
Scannapieco habla de su tiempo, de su ciudad, de su país. Evoca enrancias en tranvías, escenario fortuito de narrativas que sugiere pero no enuncia. Pero su memoria elude la sensiblería y el lugar común. Propone la escena para que el eventual contemplador la pueble. Porque, cabe señalar, Scannapieco no presenta figuraciones humanas. Se remite a espacios a compartir y en el que otros, nosotros, proyectamos nuestro imaginario.
 
Otro porteño de ley, sensible y culto, Ernesto Schoo, aquilató en Scannapieco la respuesta poética a la “cacofonía visual” que supone una metrópolis como Buenos Aires. Y Schoo destaca la hazaña implícita de Scannapieco al escandir, sin estímulos sensibleros, la poética de la bien amada ciudad homenajeada obra a obra por los artistas que la nombran por sí y por los demás, a los que les da voz.
 
Será bueno imaginar a Scannapieco empuñando gubias y navajas, inclinado sobre el taco, el leño primordial. Atento al corte – el grabado no admite pentimentos ni remedos – imaginando la inversión de la imagen tallada. Más luego debe imaginarse la decantación, diría la estiba, previa a la estampación, con sus demandas de exactitud a veces multiplicada por el número de tacos según demanda el color. Otros cien cuidados proveen las monotipias; son todas formas de la matriz común, el más antiguo y actual, el grabado.
 
Éste es el territorio que Carlos Andrés Scannapieco nos ofrenda en estos 50 x 50.
 
Y que sean muchos más.
 
Texto de Elba Pérez. Junio 2010
 
Se dice que un maestro es tal cuando exhibe un testimonio de su relación con la vida. En el cual lo importante no es la persona sino lo testimoniado.
 
En ese sentido, Carlos Scanapiecco muestra en su trabajo el deseo intacto del juego, que con rigurosa seriedad, comenzó desde que tomó la decisión de hacer del mismo una profesión.
 
Pero quizás haya comenzado antes, no cabe duda: Observando con distinción su barrio; la música de Buenos Aires y el misterio de la existencia que lo embargó siempre.
 
Tratando de realizar una de las tareas mas difíciles: escuchar sin manipular el mundo alrededor.
 
Su poética resuena con la simplicidad de la forma sin excesos, exhibiendo como una melodía, el justo equilibrio entre la nota y el silencio.
 
Da cuenta de un mundo oculto que se hace patente en las imágenes de la ciudad industrial, sus maquinarias y transportes y paisajes urbanos. Es visible, del mismo modo, en el despojo de las obras geométricas.
 
La pregunta por la incorporación del hombre a la maquinaria técnica, por presencia o por ausencia, su aceptación sin rebeldía aparece en la figuración que sondea el artista.
 
La liberación de la forma conocida hace posible un momento de dulce melodía que, sin ocultar el inquietante misterio, nos permite ser sujetos y compartir el absoluto.
 
Siempre presente lo inexplicable, lo que es germen de lo posible.
 
Pero no fue ni es su actitud un simple arrojarse a las emociones desconociendo el lenguaje transitado por un creador, por el contrario nunca descuidó su respeto por el oficio que requiere el grabado. Lo cual manifiesta una marca impecable que asegura el nombre de su imagen.
 
Decía el filósofo Oscar Del Barco: “El don y el trabajo implicados esencialmente. Esto nos lleva a plantearnos la “seriedad” trágica del arte, que es seriedad y gravedad del Ser.”
 
Docente de alma, en instituciones prestigiosas del país, se obsesiona por la transmisión de lo que tanto ama. Y refleja en sus discípulos su sentir por la tarea.
 
En estos cincuenta años ha pasado por los grandes honores que otorga la profesión, y sin duda es una hermosa excusa para poder reflexionar junto a su obra sobre esta vida tan compleja en la cual el arte de un maestro nos exhibe una faceta que honra la dignidad del ser humano.
 
Texto de Héctor Destéfanis. Septiembre 2010
 
 

ARTISTAS PARTICIPANTES

 
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