Garnica

Acerca de Garnica

Jorge Garnica, pintor nacido en Buenos Aires, expone desde 1983. garnica.jorge@gmail.com / http://www.arsomnibus.com.ar/web/artista/jorge-garnica

Retrato

Retrato / por Jorge Garnica

 

Desde el patio, Carabajal escuchó el ring tone que remedaba un sonido de otros tiempos. Esperaba el llamado de su hijo para ir al destino que, la empresa en la que trabajaban, les había asignado. “Te espero en el andén”, escuchó… Una hora más tarde se encontraron en la estación de trenes.

-El viaje va a ser largo, voy a dormir un poco – dijo su hijo al subir.

Carabajal asintió con un gesto y se distrajo con un mendigo, un hombre gordo acompañado por un chico descalzo, vestido con pantalón y remera deportiva. El hombre comenzó a cantar, se acompañaba mal con la guitarra, quizá por el vaivén del vagón o por su falta de destreza con el instrumento, pero su voz era agradable. La mayoría de los pasajeros dejaron monedas en la gorra azul y amarilla que llevaba el chico.

-No deberían darte nada por bostero -bromeó alguien.

-Pienso lo mismo -dijo Carabajal, riendo, y le dio un billete.

Lentamente la fisonomía del paisaje fue variando, las construcciones de cemento comenzaron a ser escazas y las casillas de madera y chapa fueron dominando el paisaje, hasta deshilacharse en matorrales y plantaciones. De tanto en tanto se divisaban en el horizonte algunas cuchillas. Carabajal se durmió sobre el hombro de su hijo. Soñó que volvía a su pueblo natal, y que lo recibía el Padre Augusto; se vio vestido de blanco como cuando era niño y colaboraba en las misas. En su sueño las mujeres bonitas del pueblo lo agasajaban y él las retribuía con guiños galantes; se observaba con su sonrisa joven, completo. Solo, llevaba en andas la pesada virgen morena hasta el cerro, seguido por un sinfín de promesantes. Carabajal  sudaba con su carga y las mujeres se acercaban para mitigar su fatiga, secándole la frente con pañuelos perfumados en agua florida. Todas, se parecían, todas tenían pañuelos inmaculados en sus manos y gruesas trenzas sobre sus pechos. Sólo una era distinta: Blanca, su novia de infancia, ella caminaba a su lado y su pañuelo era azul. Agotado, en su sueño, veía la imagen  inclinarse  peligrosamente hacia su cuerpo. Blanca que iba a la par, limpiaba su frente, susurrándole palabras de aliento al oído, pero otro era el nombre que ella pronunciaba…   Despertó sobresaltado, diciendo: ¡Soy Juan!

A mediodía el tren se detuvo en un apeadero, y vendedores  ambulantes invadieron las ventanillas. Juan con su hijo caminó por el andén para acomodar sus huesos. Unos turistas extranjeros se acercaron y les hicieron algunas preguntas. Cuando retomaron el viaje continuaron conversando; Juan les contó que hacía años que no volvía a su provincia y que desde la muerte de su esposa ya nada le interesaba de allí, sólo volvía porque su jefe le tenía confianza y le había encargado una tarea en el museo de Bellas Artes. Era el responsable de contratar gente en el lugar para el desmontaje y traslado de la exposición a otra ciudad. “De arte nada entiendo – les aseguró, riendo-, pero sé bien como cargar con estas cosas; ya de chico anduve en estos asuntos; tanto, que solito, aguantaba a la virgen sobre mis espaldas en las festividades”.

Pronto las sierras fueron montañas y el atardecer se recortó rojizo, breve; para terminar abruptamente en noche cerrada. Llegaron a la estación central y se despidieron de los extranjeros. Padre e hijo coincidieron: sus ocasionales acompañantes, no pronunciaban la palabra “amigo” correctamente.

Las horas pasaban y nadie llegaba a buscarlos. Tarde, después de medianoche, dos hombres de traje entraron al bar de la estación y preguntaron por “los de la empresa de transporte”. Cuando llegaron al museo, a Juan le pareció reconocer en aquellos cuadros,  de un pintor llamado Berni, a algunos de sus vecinos.

 

 

 

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