Garnica

Acerca de Garnica

Jorge Garnica, pintor nacido en Buenos Aires, expone desde 1983. garnica.jorge@gmail.com / http://www.arsomnibus.com.ar/web/artista/jorge-garnica

En esta oportunidad comparto tres textos breves, escritos en estos días.

 

 

       Es un perro.

Es un perro, nada más. Ya no ladra. Está en un rincón esperando que yo lo acaricie. Lo toco con la punta del zapato. Huelo su necesidad de amor. Puedo ver que las pulgas le están haciendo daño; entonces tomo un block y comienzo a dibujarlo. Uso carbonilla para que el material no me atrape. La carbonilla es un elemento frágil, como el animal que está allí.

Estoy observando con detenimiento sus orejas; segregan un jugo grisáceo y espeso. Una garrapata, obesa, se recuesta junto al líquido como si abrevara de la orilla de un zanjón. Necesitaré un grafito de 0,5 mm. para dibujar la escena.

Los perros son animales inocentes. A decir verdad todos los animales los son. Dibujos perros porque veo en ellos la clara conjunción de bestia y humano. Ellos se dejan apalear con tal de ser acariciados u obtener un beneficio que les garantice subsistencia. Están; no son. Nos pertenecen; son para nosotros. Confirman el apotegma: “El perro es el mejor amigo del hombre”. Ese lugar ocupa en nuestras consciencias. Retiraremos nuestra mano del cabello sucio de un semejante, pero nunca le negaremos una muestra de afecto a un perro. La mayoría de las personas piensa así. Yo también.

Sé que mi perro no ladra porque está viejo, va a morir dentro de poco. Cuando mi perro muera le daré un entierro digno y trataré de no imaginar qué sucederá con su cuerpo. Porque su cuerpo tendrá futuro; un futuro que no quiero conocer.

Tengo muchas fotos de mi perro donde se lo ve saludable. Cuando su salud comenzó a deteriorarse, no le hice más tomas. No quiero recordarlo viejo en fotos, lo quiero ver lozano como cuando me daba alegría. Pero seguiré dibujándolo y pintándolo  por muchos años más, hasta que mis manos no puedan sostener la carbonilla. No tengo explicación…

Mi vecino es pintor como yo. Un día encontramos una rata muerta en un pasillo; fue una mañana de diciembre, cuando faltaba poco para terminar el año. La rata había comido, por la noche, queso envenenado y rápidamente se hinchó. Tenía los ojos vidriosos y miraba fijo el trozo de queso fétido que había mordido; inerte. Mi vecino corrió a su taller, tomó unos potes de acrílico y comenzó a pintar el cuerpo muerto de la rata. Quedó bonito.

Cuando lleve mi perro a su último  agujero voy a pintarlo también. La belleza no debe estar ausente ese día.

 

                                                                                          A Marcelo Buraczek.

 

      Escribe tonterías.


 “…una hormiga negra con cola de terciopelo verde”. Raro bicho.

Mis animales son seres que me habitan, algunos tienen orejas desmesuradas,
otros se despliegan como signos que agradecen el haber pasado por alguna zona de mi cuerpo. Quiero creer…

Después de cada invitación a salir de la cueva -en la que los reservo- mis bestias me saludan displicentemente. Puede que con un guiño o con un apretón de manos. Y parten.      Van a la busca de otros signos. Confluyen en el territorio de la desmesura, para tolerar, amistosos, la convivencia.

Es el encuentro de cuadrúpedos, bípedos, vaginas, células, bocas, cabezas negras, peces fosilizados, corazones hecho concha, hojas aprisionadas en libros (asfixiadas por besos ausentes), carocitos, kipus, alguna empanada hecha con carne negra de negro picado, vinchas de mujeres artesanas; un pedazo de algo, un resto de lágrima, de vómito, de sed de cualquier cosa, de callos por buscar una milanesa barata, de alcohol y más corazones, bellos púbicos, sonrisas de niños, collares rastas, esclavas de niñas con olor a lavanda en los muslos, más besos; y diversas soledades de año nuevo. Quizás demasiadas, pero sigo adelante, pensando que vivo y que la mirada de un semejante me construye.

                                                                                  A  Marisa Coniglio.

 

      Panóptico.

 

Así, desde lo alto, comenzó a mirar el mundo en su departamento del segundo piso. “No puedo más y aquí me quedo”, balbuceo. Compró alcohol, algunos libros y adornó la heladera con stickers.

Pensó que el invierno pasaría rápido; y así fue. Después llegó la primavera junto con la rinitis. Más tarde el verano y las voces de los niños.

Advertido por Charles, supo que debía atarse y no bajar al patio a verlos jugar. Cerró los ojos y, a ciegas, dibujó con sus crayones chinos un cuerpo bonito. Lo aprisionó con trazos de color rojo y lo torturó con su mejor pastel: Rembrandt. “Esto se pone lindo…”.

Fue tan violento que lastimó su propia uña al presionar sobre el pezón que quiso resaltar. El papel se rasgó. Creyó oír que su dibujo lloraba: no se equivocó. Las obras siempre dejan entrever un llanto; pocas veces la alegría. Para eso Sarah Kay.

Jorge Garnica; 2013.

 

 

 

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