Silvia Heger. Permitame contarle…

Acerca de Silvia Heger. Permitame contarle…

Profesora en Letras graduada en la facultad de Filosofía y Letras (UBA). Docente de nivel terciario de talleres de redacción y de asignaturas relacionadas con la literatura, las artes visuales y artes combinadas. Instructora de cursos de redacción en empresas nacionales y extranjeras. Autora de textos de redacción y de literatura en lengua española para nivel terciario. Instructora de cursos privados de apreciación de artes visuales.

A propósito de la exposición de Giacometti…

Con una antología de 130 obras, Alberto Giacometti está en PROA, y los porteños podemos sentirnos muy felices de poder ver de cerca una producción artística tan importante.  Es la muestra más notable de un año, escaso en eventos destacados. Independientemente del mercado y de las industrias culturales –tópico actual- las figuras de Giacometti son de singular belleza –ojo! no hablo de “cosas lindas”, sino de profunda belleza-. Reflexionando sobre  la estética de Giacometti, en lo mucho que admiro sus esculturas, recordé, de pronto, un episodio que me ocurrió hace dos años. Estaba yo en Washington un gélido enero, y entré al Hirshhorn Museum, verdadera catedral de la escultura que se encuentra en el Mall por donde se desgranan algunos de los museos más maravillosos del mundo.

 

El Hirshhorn es una obra arquitectónica sorprendente: un disco gigante en el centro de un jardín muy amplio. Y fue ahí, en ese jardín con césped opacado por el frío,  que me enfrenté con una obra espléndida del español Juan Muñoz. Era, más que una escultura, una instalación, y más aún, un ballet: un grupo de cinco figuras grandes y raras, en bronce, que parecían danzar, como si a pesar de su solidez material, estuvieran deslizándose, ensimismadas e insondables, al compás de una silenciosa melodía.

 

Familiares de Juan Muñoz en el Hirshhorn Museum, Washington.

Yo no conocía a Juan Muñoz, o casi. En realidad, recordé que en1992, araíz de una exposición que España envió a Buenos Aires por los 500 años del descubrimiento de América, yo había visto dos cabezas que, en la multitud de obras, me habían llamado la atención. Tenían “algo raro”. Eso “raro” es, supongo, lo inefable del arte auténtico, y es lo que volví a percibir en esa suerte de epifanía en el jardín del Hirshhorn. No soy crítica de arte sino una contempladora apasionada. Bien: lo que sentí cuando tuve frente a mí las obras de Juan Muñoz es la pasión por la belleza. Sus figuras casi humanas –cabezas y cuerpos pequeños, mirada ausente como de extraterrestres; ambigüedad;  extrañeza- establecen el justo distanciamiento de lo real que me permite recibir el sacudón estético que me recorre hasta la médula. Y al mismo tiempo, me lanza al abismo de lo oscuro humano.  Aquí es, exactamente, donde Juan Muñoz y Alberto Giacometti se ponen en contacto: la inmersión en el misterioso sentido de lo humano configurado en bellos, conmocionantes volúmenes.

A quien viaje a Europa, a España en particular, o a los Estados Unidos, le sugiero: busque a Juan Muñoz, busque alguna exposición de sus obras, porque con seguridad su experiencia estética será inolvidable.

Juan Muñoz fue un gran escultor español que nació en Madrid en 1953 y murió en Ibiza en 2001.

por Sivia Heger.

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